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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

II Trimestre de 2008 
Libro Complementario 

La gloria de Jesús 

todavía toca los corazones 
Capítulo 1 

La fascinación de Jesús 



En el mes de octubre de 1999 un evangelista itinerante llegó al pueblo 
de Hazelton, del estado norteamericano de Pennsylvania, donde hay 
minas de carbón (40.000 habitantes); y cosas inusitadas c 
a ocurrir. Escúchelas en las palabras de un reportero: 

"Los sacerdotes de ese lugar, que es mayormente católico, dicen que las b 
se llenaron de repente, algunas veces con personas que no se habían visto desde 
hacía veinte años. Dos médicos locales dicen que sus pacientes sanan más rápi- 
damente después que este profeta itinerante visitó el hospital. 'Nunca me había 
sentido tan bien' dijo Marieta, una de las centenares de personas que llamaron a 
un programa de entrevistas de una estación de televisión local para discutir el 
impacto causado por aquél forastero. 'Me ha dado más que cualquier otra per- 
sona en mi vida'". 

El trotamundos era Cari J. Joseph, de 39 años de edad, que en los últimos nue- 
ve años había vagado por trece países y cuarenta y siete estados (de la Unión 
Americana). Por lo general anda descalzo, y de vez en cuando viaja a dedo. No 
posee nada, sino la ropa que trae puesta y una cobija que lleva en la espalda, y 
nunca acepta dinero por ninguna razón. Para suplir sus necesidades de comida 
y hospedaje confía en la buena voluntad de la gente que se encuentra en el ca- 
mino. "Una mujer lo vio mientras manejaba su automóvil rumbo a su casa, un 
helado día de fines de octubre, caminando descalzo de Berwick, un pueblo que 
está a cien kilómetros al oeste de Hazelton, usando 'una ropa tan delgada como 
una bata de hospital'". " 



1 Hanna Rosin, "Penniless 'Prophet' Li 
http://www.post-gazette.com/regionstat 



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Cuando apareció en un programa de entrevistas del canal de cable local, los televi- 
dentes bloquearon el teléfono de siete líneas de la estación. 

— He dirigido teletones [maratones televisivos] y nunca he visto nada parecido a es- 
to — dijo el productor de televisión Sam Lesante. ^ Se había convertido en una cele- 
bridad de la noche a la mañana. 

Y la pregunta es: ¿Por qué? ¿Qué tenía este excéntrico personaje que captó la 
atención de tanta gente? Yo creo que la respuesta se encuentra en su apariencia; 
la viva imagen de Jesús tal como se le representa comúnmente en el arte cris- 
tiano: "una cara de niño", "una barba rubia", y una "cabeza ladeada siempre en 
el mismo ángulo". Emanaba calma, y según leí en alguna parte: "Nunca levan- 
taba la voz ni perdía el dominio propio o se reía demasiado alto". 

Dejando a un lado por un momento la credulidad que manifiesta un gran núme- 
ro de personas en la actualidad, así como nuestra predilección por lo sensacio- 
nalista; el incidente, incluso deformado por los medios, nos da una clara evi- 
dencia de la influencia de Jesús, dos mil años después de su muerte. ¡Pensar 
que un imitador que se parecía mucho a él, intencional o inocentemente, podía 
tener un efecto tan profundo en la gente, tanto educada como del pueblo co- 
mún! 

Es lo que llamo, la fascinación de Jesús. Sea que lo amemos o lo odiemos, im- 
porta poco. Él llama la atención. ¿Quién sabe cuántos millones de libros se han 
escrito acerca de él a través de los siglos? Y desde el mismo amanecer de la in- 
dustria del cine ha sido un favorito de todos los tiempos. La vida y la pasión de 
Jesucristo, producción francesa de los años 1902-1905, comenzó la intermina- 
ble procesión de películas de largometraje basadas en su vida. Los años subse- 
cuentes habrían de ver Rey de reyes, de Cecil B. DeMille (1927); El manto sa- 
grado, de Henry Kosner (1953); La historia más grande jamás contada, de 
George Stevens (1965); Godspell (1973); Jesucristo Superstar, de Andrew 
Lloyd Webber (1973); El Mesías, de Roberto Rosselhni (1976); Jesús de Naza- 
ret, de Franco Zeffirelli (1977); y The Miracle Maker (2000). ^ El más reciente 
éxito de taquilla, fue, por supuesto. La pasión de Cristo, de Mel Gibson (2004). 

Todo lo que resulta de esto es que en Jesús de Nazaret tenemos a alguien a 
quien no podemos ignorar o menospreciar. ¿Quién fue Jesús de Nazaret? ¿Cuál 
es el significado de su vida? ¿Y por qué deberíamos interesarnos en él? 



3 Fred Mogul, "Appalachian Apostle," Time Online Edition, 14 de febrero de 2000, 

http://www.time.com/time(magazine/printout/08816.996065.00.html 

*> Ver http://www.christianitYtodaY.com/movies/commentaries/top 

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Las evidencias 

Todas las generaciones hacen sus propias preguntas, y cada generación debe 
aceptar o rechazar las respuestas disponibles. Pero sería temerario que tratára- 
mos de manufacturar nuestras propias evidencias o inventar nuestras propias 
soluciones a los problemas de la identidad y el significado de Jesús. No tene- 
mos otra opción que consultar las mejores fuentes históricas disponibles. 

En este contexto recurrí al siguiente resumen: 

"En los primeros siglos después de la muerte de Jesús, los primeros cristianos 
produjeron varios [...] registros escritos del ministerio del Señor, algunos se 
concentran en su niñez (evangelios de la infancia), otros en sus enseñanzas 
(evangelios de los dichos), así como registros más amplios de su ministerio, pa- 
sión y resurrección. En la actualidad tenemos evidencia de unos treinta de tales 
'evangelios'. Es posible que hayan existido muchos más que no sobrevivieron". 



La realidad es que la mayoría de los que leemos este capítulo hemos visto solo 
una fracción de estos documentos, y la pregunta natural es: ¿No estaremos per- 
diendo una valiosa información que necesitamos para formar un cuadro com- 
pleto de quién era Jesús? Lo que debemos tener en mente, sin embargo, es que, 
ciertamente, no somos los primeros que aparecemos en escena con un profundo 
interés en estas cosas; y tampoco somos los primeros honestos que insisten en 
la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad. El hecho es que los prime- 
ros cristianos, que vivían en un tiempo de falsas pretensiones y una plétora de 
documentos de dudoso origen, estaban intensamente preocupados por los char- 
latanes y las falsificaciones. Y trabajando juntos, bajo la dirección del Espíritu 
Santo, con el tiempo llegaron a lo que consideraron un cuerpo confiable de es- 
critos que llevaban las marcas de la autenticidad. 

Así, el autor de la declaración que acabamos de citar, concluyó: "Cualquiera 
sea el número total [de 'evangelios'], hacia fines del cuarto siglo, los cuatro 
Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, ya habían ganado la confianza de la 
mayoría de los dirigentes de la iglesia como los registros inspirados y debida- 
mente autorizados de la vida y la muerte de Jesús. En suma, llegaron a formar 
parte del canon cristiano". ' 

Cada uno es libre de adoptar su propio enfoque, por supuesto. Pero a esta dis- 
tancia, mi inclinación es aceptar la palabra de aquellos que estuvieron más cer- 

5 . Scott Spencer, WhatDid Jesús Do? (Harrisburg, Londres, Nueva York: Trinity Press International, 2003), p. 5. 
6 Ibíd., pp. 5, 6. 

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ca de los hechos. Todas las otras alternativas conducen a una amplia especula- 
ción, conjetura y subjetivismo. 

¿Qué dicen los Evangelios aceptados acerca de Jesús? ¿Cuál es la naturaleza 
del testimonio que presentan? 

Un embarazo único y un niño singuiar 

Cuando José y María llegaron al templo para presentar a Jesús ante los sacerdo- 
tes, aunque normalmente era un acontecimiento común y corriente, comenza- 
ron a ocurrir cosas extraordinarias exactamente delante de sus maravillados 
ojos. Un anciano habitante de Jerusalén, llamado Simeón, "justo y piadoso", 
que esperaba ardientemente la venida del Mesías, apareció de repente en la es- 
cena "movido por el Espíritu" para visitar el templo exactamente en ese mo- 
mento (Lucas 2:25-27). 

¡Imagine la sensación de expectación que sentía cuando entró al recinto sagra- 
do del templo aquel día! Durante muchos años, quizá décadas, había estado es- 
perando aquel momento. Ahora, después de una larga espera, el momento ha 
llegado. Imagine lo que sentía mientras una pareja tras otra presentaba a su 
hijo. Finalmente, como ocurrió cuando Samuel puso los ojos en David, el Espí- 
ritu le dijo, mientras María y José traspasaban el umbral llevando a Jesús en 
brazos: "¡Este es!" Tomando al niño en sus brazos, Simeón, con la voz temblo- 
rosa por la emoción, alabó a Dios: "Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, 
conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has pre- 
parado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y 
gloria de tu pueblo Israel" (Lucas 2:28-32). 

¿Estaban María y José sorprendidos por estas palabras proféticas? Probable- 
mente no mucho. Después de todo, el ángel les había dado información acerca 
de la identidad del niño que llevaban en sus brazos ese día. "El Espíritu Santo 
vendrá sobre ti", le había dicho Gabriel a María, "por lo cual también el santo 
ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios" (véase Lucas 1:26-35). Y José, por 
su parte, que tenía planes de dejar a María discretamente cuando descubrió que 
estaba embarazada, había recibido la divina indicación de que el embarazo de 
María era sobrenatural, y que su hijo salvaría "a su pueblo de sus pecados" 
(Mateo 1:18-21). 

Aun así, "estaban maravillados de todo lo que se decía de él [del niño]", com- 
prendiendo ahora con más claridad el significado de las indicaciones divinas 
que habían recibido antes. 

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Y tampoco fue Simeón el único extraño que confirmó la naturaleza especial del 
niño. Inmediatamente después de él llegó la profetisa Ana, de 84 años, quien 
"no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día, con ayunos y oracio- 
nes". Al aparecer en la escena elevó su voz en alabanza a Dios en frente de "to- 
dos los que esperaban la redención en Jerusalén" (véase Lucas 2:36-38). 

Lo que siempre me ha llamado la atención es lo claro y práctico de todos estos 
registros evangélicos y la total ausencia de ampulosidad. ¡Qué perplejos han de 
haber quedado todos aquellos que escucharon las palabras inusitadas de aque- 
llos dos venerables ancianos! Sin embargo, no se nos dice nada en cuanto a sus 
reacciones, ni de los sacerdotes oficiantes, ni de los espectadores. Más bien, el 
capítulo termina sencillamente diciendo que la pareja volvió a su hogar. Y con 
respecto a Jesús, sencillamente dice que "el niño crecía y se fortalecía, y se lle- 
naba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él" (Lucas 2:39, 40). ¡Eso es 
todo! 

Lucas vuelve a la niñez de Jesús solo una vez más, en conexión con su visita al 
templo cuando ya tenía doce años. Aparte de estas dos menciones, todo lo que 
tenemos acerca de los primeros años de su vida es silencio. Nada que satisfaga 
nuestra insaciable curiosidad; nada que alimente nuestro perenne apetito por lo 
sensacional; nada que se parezca a las fantásticas invenciones que encontramos 
en los así llamados 'evangelios de la infancia', en los cuales el niño Jesús hace 
que los pájaros de arcilla vuelen y resucita a un niño que había muerto al caer 
del techo de una casa, solo para que el muchacho pudiera refutar el cargo de 
que Jesús lo había empujado. 

Lo que vemos en los registros de los Evangelios canónicos es una total ausen- 
cia de cualquier sensacionalismo o adornos especiales de la historia; es una 
sencilla presentación de lo esencial. 

Él sabía quién era 

Aunque en los Evangelios se pone de manifiesto cierta reticencia de su parte 
para tratar el asunto de su propia identidad, Jesús afrontó el problema directa- 
mente varias veces durante su ministerio. Cuando la mujer samaritana habló de 
la venida del Mesías, él respondió candidamente: "Yo soy, el que habla conti- 
go" (Juan 4:26). Cuando encontró al hombre ciego que había sanado, Jesús le 
preguntó: "¿Crees tú en el Hijo de Dios?" Cuando el hombre preguntó quién 
era, Jesús le dijo: "Pues le has visto, y el que habla contigo, él es" (Juan 9:3- 
37). En su extenso discurso registrado en Juan 6, reiteró una y otra vez que 
había descendido del cielo (Juan 6:38, 41, 49-51). Y mientras viajaba con los 

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discípulos por la región de Cesárea de Filipo, confirmó la declaración de Pedro, 
de que él era: "El Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Mateo 16:15-17). 

Incluso cuando era un muchacho de doce años, sabía quién era. "¿Por qué me 
buscabais?", les dijo a sus padres cuando finalmente lo encontraron en el tem- 
plo, entre los eruditos y maestros, "¿no sabíais que en los negocios de mi Padre 
me conviene estar?" (Lucas 2:49). "De cierto, de cierto os digo: Antes de que 
Abraham ñiese, yo soy" (Juan 8:58). Y en un conmovedor lamento por causa 
de la intransigencia de los judíos, justo antes de su pasión, usó la primera per- 
sona singular: "¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus 
polluelos debajo de las alas, y no quisiste!" (Mateo 23:37). El "Yo" en ese cla- 
mor identifica a Jesús con la Persona que había estado suplicando a Jerusalén 
durante muchos siglos. 

Él sabía exactamente quién era. 

Ellos se escandalizaron 

Mateo 13:53-58 contiene el registro del retorno de Jesús al pueblo donde vivía. 
Asombrados por las palabras que había pronunciado mientras enseñaba en la 
sinagoga local, la gente reaccionó en la forma típica como reaccionan aquellos 
que conocen el fondo histórico de una persona. "¿De dónde tiene este esta sabi- 
duría y estos milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su ma- 
dre María, y sus hermanos Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus 
hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene este todas estas cosas?" 

Es lo que yo llamo el escándalo de lo particular. La creencia de que las perso- 
nas verdaderamente grandes e importantes no pueden ser locales, no pueden ser 
de mi pueblo natal. Tienen que ser de cualquier otro lugar. No se supone que la 
gente importante pueda ser conocida por gente ordinaria como yo. Es lo que es- 
taba ocurriendo en Nazaret. La gente del pueblo donde vivía, conocía a Jesús, 
conocía a sus padres, sus hermanos, su casa. Así que "se escandalizaban en él" 
(versículo 57). 

Antes de pronunciar juicio apresuradamente contra estos aldeanos, haríamos 
bien en considerar las extraordinarias reahdades que confrontaban. ¡Habían si- 
do desafiados a creer en que esta persona, que habían conocido desde su niñez, 
esta persona que habían visto crecer, con quien ellos, o sus hijos, habían juga- 
do, o ido a nadar juntos, era el Hijo del Dios viviente. Dios en carne humana! 
¿Le parece que es un desafío que usted saltaría al frente para aceptar? 

Sin embargo, esos son los hechos reales. El apareció en un momento particular 

de la historia. Nació en un pueblo definido. Creció en una familia judía particu- 

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lar, parecida en muchas formas a otras familias judías del primer siglo. Tenía 
un oficio común: era carpintero. Comía lo mismo e igual que los demás; proba- 
blemente lo mandaban a la tienda de la esquina, como cualquier otro niño, a 
comprar provisiones para sus padres. ¿Se sometería el Hijo de Dios a cir- 
cunstancias y actividades tan comunes? 

Las circunstancias que rodearon el nacimiento de Jesús también constituyeron 
piedras de tropiezo para sus paisanos. Lo percibimos en la burla que le lanzaron 
sus oponentes: "Nosotros no somos nacidos de fornicación" (Juan 8:41). Uno 
solo puede imaginar los sarcásticos comentarios, las risas sardónicas y las satí- 
ricas insinuaciones, complicando más los esfuerzos de la gente sencilla del 
pueblo que quería aceptar la identidad de Jesús. 

La gente estaba dividida. Y lo mismo ocurría con los dirigentes. Cuando Nico- 
demo objetó más tarde los sentimientos enconados contra Jesús, la respuesta re- 
flejó un prejuicio muy extendido: "¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve 
que de Galilea nunca se ha levantado profeta" (Juan 7:52). 

Continúa el escándalo 

Lo que los historiadores encuentran mientras examinan cuidadosamente las 
fuentes y documentos del tiempo de Jesús son muchos de aquellos mismos 
elementos que tanto escandalizaron a sus paisanos que lo conocían: pueblo pe- 
queño; pobreza; oscuridad; en los márgenes de la sociedad sofisticada; predica- 
dor itinerante que no tenía educación formal; una aparición fugaz en la escena, 
como un meteoro; luego la ignominiosa ejecución perpetrada por aquellos que 
detentaban el poder. 

¿Qué hacer con un Salvador así? 

El Nuevo Testamento no especula acerca de Jesús. Sencillamente lo presenta 
como el Hijo divino de Dios. Y tampoco responde a los numerosos cuestiona- 
mientos relativos a su ser y persona que habrían de preocupar a las sucesivas 
generaciones de cristianos. Los cristianos del primer siglo discutieron esos pro- 
blemas, por supuesto. Nada más que para darnos cuenta de cuan agudamente 
sentía Pablo el problema en su tiempo, leamos las palabras que dirigió a los so- 
fisticados miembros de la iglesia de Corinto: "Porque la palabra de la cruz es 
locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es po- 
der de Dios" (1 Corintios 1:18). 

Lo que encontramos en el registro, sin embargo, es que durante los primeros 
siglos de la era cristiana y ya entrada la Edad Media, siempre hubo una acepta- 
ción básica de la identidad fundamental de Jesús, tal como la presentan los 
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Evangelios. Pero el llamado Siglo de las Luces (c. 1650-1780) cambiaría todo 
eso, introduciendo nuevos métodos y criterios para el estudio de los documen- 
tos antiguos, incluyendo la Biblia. En lo sucesivo toda suposición debía suje- 
tarse a la crítica y al análisis racional. El supernaturalismo, presuposición fun- 
damental de la fe bíblica, fue rechazado completamente; y el tradicional punto 
de vista bíblico de una raza humana caída en pecado y necesitada de la inter- 
vención de un Salvador fue reemplazada por la nueva creencia en el progreso 
humano: una valoración optimista de la condición humana, más tarde conocido 
en la filosofía occidental como "positivismo". 

El ataque contra la fe fue tan fuerte, tan sofisticado, que ante muchos ojos apa- 
reció como el fin del cristianismo. La religión fue considerada obsoleta, y la 
razón, una vez la criada de la teología, se convirtió en su reconocida patrona. El 
enfoque cambió ahora, del Jesús descrito en los Evangelios (una creación ficti- 
cia de la piedad cristiana posterior, según lo describía la nueva tendencia) a lo 
que fue considerado el "Jesús histórico", el Jesús real como existió en la Pales- 
tina del primer siglo, sin los adornos y arreos introducidos por la piedad cristia- 
na posterior. 

De este modo, el así llamado movimiento "Vida de Jesús" llegó a la existencia 
bajo la creencia de que a pesar de las maniobras teológicas de la iglesia primi- 
tiva, todavía podemos encontrar en los Evangelios suficiente información para 
reconstruir el retrato de Jesús como una figura histórica. 

Sin embargo, todos estos esfuerzos (y muchas variaciones que les siguieron) 
fracasaron, como demostró Albert Schweitzer (1875-1965) tan brillantemente 
en su clásico teológico de 1906, The Quest ofthe HistoricalJesus. ^ 

Pero nada podría apagar el perenne interés en Jesús. Y hoy, ya sea con propósi- 
tos positivos {La pasión de Cristo) ^ o negativo {El código Da Vinci), ' la fasci- 
nación continúa imbatible. 

Nuestro objetivo personal debería ser obtener una fe sólida, probaba, inteligen- 
te; que no se deje conmover por el sensacionalismo de muestra época tan in- 
quieta. Nada es nuevo en este terreno. Esto lo he visto durante el corto lapso de 
mi vida. Es posible que en la estela de la (así llamada) alta crítica de la Biblia, 
muchos estudiantes de teología de fines de los sesenta y de toda la década de 
los setenta, pensaron que toda la estructura de la teología cristiana estaba a pun- 
to de derrumbarse. Y a veces se necesita la perspectiva de los años para saber 

^ Albert Schweitzer, The Quest ofthe Historical Jesús {Nueva York; Macmillan, 1968). 
8 La película del año 2004 dirigida por Mel Gibson. 

' El libro escrito por el novelista norteamericano, Dan Brown y la película basada en él. 
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que no se ha derrumbado. Los fundadores de la iglesia cristiana y los creyentes 
primitivos pueden haber sido iletrados, pero estaban muy lejos de ser crédulos. 

Vayamos tras las cosas más importantes 

Jesús sigue siendo hoy el campeón sin rival de los siglos. Y la escandalosa pro- 
clamación de la cristiandad es que no hay otro como él. Confucio, Buda, Ma- 
homa, no son más que necesitados seres humanos, sujetos a su gracia, que le 
deben a él su propia existencia. En las palabras de Isaías, su nombre es "Admi- 
rable, Consejero, Dios fuerte. Padre Eterno, Príncipe de Paz" (Isaías 9:6). 

La designación "Dios fuerte" sitúa a Jesús en una posición única e inigualable. 
Con eso en mente, Pedro podía hacer aquella categórica declaración: "Y en 
ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los 
hombres, en que podamos ser salvos" (Hechos 4:12). 

¡Eso sí es emocionante! ¡Estamos hablando aquí de un hombre que es Dios! 
Dijo Elena G. de White: "Por medio de Cristo había sido transmitido cada rayo 
de luz divina que llegara a nuestro mundo caído. El había sido quien habló por 
medio de todo aquel que en el transcurso de los siglos declaró la Palabra de 
Dios al hombre". Todas las cualidades mentales o espirituales que manifesta- 
mos, no son más que "reflejos suyos". '° En las palabras de Rowan Williams, 
Arzobispo de Canterbury: "Es como si todas las enormes fuerzas, el viento 
cósmico, la energía formadora de la Biblia hebrea, se hubieran reunido en un 
punto en la vida de Jesús ". ' ' 

La tentación perenne que afrontamos es la de trivializar a Jesús y a los eventos 
que lo rodearon. En algún momento del año 2006 recibí la siguiente nota de 
Carole Sargent, de la Universidad Georgetown de Washington, D. C: "Querido 
Roy Adams, no sé si esto es para sus lectores, pero le dejo a usted la decisión. 
El padre Ron Murphy de la Universidad Georgetown tiene un nuevo libro que 
saldrá a la luz el próximo mes de la imprenta de la Universidad de Oxford. El 
cree que ha encontrado el Santo Grial. Por favor, tenga la bondad de ponerse 
en contacto conmigo si desea analizar esto un poco más ". 

Es sumamente significativo para mí que los primeros discípulos (a quienes mu- 
chos de nuestros contemporáneos consideran crédulos) nunca tuvieron predi- 
lección por ninguno de los incidentes del ministerio de Jesús. No hay ninguna 
discusión relacionada con el lugar donde se celebró la Última Cena, por ejem- 

" Elena G. de White, La educación, p. 69. 

" Citado en Rupert Short, Rowan Williams: An Introduction {Harrisburg.Pennsyivania: IVIorehouse Publishing, 

2003), p. 87. 

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pío; y ninguno de los vasos utilizados en el evento aquella noche r 
comentario ni siquiera de una palabra después. Yo me arriesgaría a decir que en 
el reino, los discípulos que se reunieron aquella noche en el aposento alto mo- 
verán sus cabezas, asombrados, cuando sepan acerca de la antiquísima 
"búsqueda del Santo Grial". Pensarán: ¡Que increíble superficialidad! 

La fascinación que produce Jesús y todo lo relacionado con él nunca termina. 
La gente quiere hallar reliquias de su vida, quizá reliquias que tengan poderes 
milagrosos. Pero la reacción de Jesús en frente del inmoral e increíblemente 
superficial Herodes (Lucas 23:6-12) debiera decirnos algo. Lucas dice que 
Herodes había esperado "verle [a Jesús] hacer alguna señal". La respuesta de 
Jesús, sin embargo, fue un total y completo silencio. Y para aquellos que todav- 
ía lo consideran en la actualidad como una figura de circo que realiza actos má- 
gicos, Jesús ya dio la noticia: Él no "realiza" milagros. Debemos ir tras las co- 
sas que son más importantes. 

En algún lugar leí que el cuadro del rostro de Cristo, pintado en 1941 por War- 
ner Sallman ha sido reproducido quinientos millones de veces, y se ha conver- 
tido en "una de las imágenes más reconocibles del siglo XX". Era esa imagen 
que nuestro evangelista de Hazelton, Pennsylvania, procuraba imitar, atavián- 
dose con ropa del primer siglo de nuestra era, evocando psicológicamente el 
recuerdo y la influencia de Jesús. Pero Jesús, cuando vino, vistió al estilo de su 
tiempo. No se distinguía entre sus discípulos, tuvo que ser besado por Judas pa- 
ra identificarlo. 

Todavía sin ser reconocido, camina entre nosotros, vistiendo el atuendo del si- 
glo XXI. "Viene a nosotros como desconocido, sin nombre, como antaño a la 
orilla del lago. Se acercó a aquellos hombres que no lo conocían. Él nos dirige 
hoy la misma palabra: "¡Sigúeme!", y nos envía a reahzar la tarea que debe 
cumplir en nuestro tiempo. Él ordena. Y a aquellos que le obedecen, sean sa- 
bios o sencillos, se les revelará en el trabajo agotador, en los conflictos, los su- 
frimientos a través de los cuales pasarán en compañerismo con él, y, como un 
inefable misterio, ellos aprenderán en su propia experiencia, quién es él". 



Schweitzer, Op.C/l, p. 403. 

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